El café estaba frío. Apenas eran las siete de la
mañana, y la taza blanca que estaba sobre el hule desgastado que había comprado
su madre en un “veinte duros”, cuando aún se llamaban así, le había traído a la
mente su mirada. Unos ojos igual de marrones y, en ocasiones, igual de fríos. Y
esos ojos, como el café, la quitaban el sueño.
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